Los Eternos, de Jack Kirby

Los Eternos’ comienza en los Andes; o, mejor dicho, lo hace bajo ellos. En un gigantesco templo inca, que ha permanecido oculto bajo tierra durante siglos, tres figuras caminan empequeñecidas entre asombrosos restos arqueológicos para los que parece no haber transcurrido ni un solo día. Todo apunta a que las representaciones artísticas y arquitectónicas que contemplan hacen referencia a los mitos precolombinos de antaño, pero hay un secreto esperando a ser revelado…

Las tres personas son el arqueólogo Dr. Damian, su hija, Margo, y un hombre misterioso llamado Ike Harris… quien parece saber más sobre las ruinas incas de lo que debería: lo que para el Dr. Damian pertenece a los mitos y a las leyendas, para Ike es completamente real. Esas divinidades representadas en frescos y en estatuas son dioses, sí, pero ni son mitos ni pertenecen a la Tierra: son los Celestiales, los creadores de la humanidad, visitantes estelares que llegaron a nuestro planeta en la Prehistoria y, utilizando su ciencia, hicieron evolucionar a los primates para crear especies más avanzadas.

Representación de la llegada de los Celestiales. El Space Jockey de Alien, antes de Alien

Pero, un momento: ¿especies? ¿Más de una? Sí, Ike descubre a los Damian que el homo sapiens sapiens, el ser humano corriente, es una de las tres razas creadas por los celestiales siglos ha. Las otras dos son los Eternos y los Desviantes, quienes, pese a vivir en el presente aislados de la humanidad, en el pasado mantuvieron contacto con ella, dando lugar a los mitos, las leyendas y las religiones creadas por el ser humano desde la antigüedad.

Ike Harris no es un ser humano: es un Eterno, su verdadero nombre es Ikaris y forma parte de los mitos milenarios de la humanidad. Ha acompañado a los Damian hasta los Andes porque los Celestiales han vuelto, y de su voluntad depende que los humanos, los Eternos y los Desviantes continúen sus existencias… o desaparezcan para siempre.

El retorno del rey

Jack «The King» Kirby (1917-1994)

Así arranca Los Eternos, una de las colecciones producidas por Jack «The King» Kirby a su regreso a la editorial Marvel a mediados de la década de los 70. Kirby, uno de los artistas más importantes e influyentes de la historia del cómic americano, había abandonado la compañía a finales de la década anterior, debido a un acuciante sentimiento de limitación por la falta de libertad creativa, por no ser debidamente acreditado por sus creaciones y por la cada vez mayor presencia mediática de Stan Lee, quien ya se había convertido en la gran estrella de Marvel en Estados Unidos (mientras Kirby quedaba relegado a un discreto e inmerecido segundo plano).

El artista, entonces, se marchó a la competencia, DC Comics, y creó la que está considerada una de sus mayores obras: el Cuarto Mundo. En esta colección, formada por tres series distintas (Nuevos Dioses, Mr. Milagro y Jóvenes eternos), más algunos números de Jimmy Olsen, el amigo de Superman, Kirby obtuvo el control total a nivel artístico y editorial, lo que le permitió utilizar las viñetas para realizar una reflexión sobre cuestiones espirituales, morales y religiosas que, según Roz Kirby, la que fue su viuda, eran una constante obsesión del dibujante en aquellos años.

Hombre religioso y de origen judío (su verdadero nombre era Jacob Kurtzberg), el Kirby de esa época se hizo muchas preguntas sobre la figura de Dios y el papel del ser humano en la Creación. Para él, el arte era una manera perfecta para encararse con todas sus preocupaciones, incluso para verse a sí mismo desde fuera (se dice que Mr. Milagro encarnaba muchos de sus pesares), hasta el punto de que en su tiempo libre dibujó en varias ocasiones a Dios (o lo que para su imaginación debía ser Dios), en estampas cargadas de un simbolismo que pasará a la ficción de sus obras.

En Cuarto Mundo se nota, y mucho, la influencia de la Biblia, la Torá y la Cábala. Habiendo desaparecido los dioses antiguos, una nueva raza llega para ocupar el vacío que estos han dejado: los Nuevos Dioses. Estas recién llegadas divinidades se dividen en dos grupos, representando cada uno de ellos el Bien y el Mal; los primeros residen en Nueva Génesis y los segundos en Apókolips. Son los contrarios de la cultura judeocristiana: el bien y el mal, la luz y la oscuridad, la belleza y la fealdad, el principio y el fin… el Alfa y el Omega.

Orion vs. Darkseid. El Bien contra el Mal

Por desgracia, pese a que con Cuarto Mundo nos estaba legando el trabajo de su vida, la situación en DC Comics no fue mejor que la que experimentó en Marvel: ya desde el principio, Kirby sufrió la envidia de muchos de sus compañeros, quienes vieron peligrar sus puestos de trabajo al contar la compañía con el gran Rey de los Cómics en su plantilla; el miedo a ser sustituidos en cualquier momento anidó en muchos de ellos, y el hecho de vivir Kirby en California, estando las oficinas de DC en Nueva York, no ayudó demasiado. De hecho, las páginas que el artista enviaba a la editorial eran en demasiadas ocasiones modificadas por otros dibujantes para denigrar su trabajo.

Este y otros motivos provocaron que Kirby volviese, en 1975, a Marvel. Bajo la promesa de contar con la misma libertad artística y editorial de la que había gozado en DC, amén de poder ubicar sus obras personales fuera del universo Marvel (es decir, fuera de continuidad), Kirby se encargó de guionizar, dibujar y editar varias obras, entre las que se cuentan la serie mensual del Capitán América, la adaptación al cómic de 2001, odisea en el espacio… y Los Eternos.

Un nuevo panteón de dioses: los Eternos y Olympia

The Eternals #1 (1976)

La aventura comenzó en The Eternals #1, fechado en julio de 1976, donde Kirby consiguió su ansiada acreditación como creador absoluto de la obra, constando no solamente como guionista y dibujante, sino como quien había concebido todo el proyecto. Más adelante, incluso aparecería como editor. Parecía, a todas luces, que en esta ocasión Marvel sí estaba dispuesta a concederle al artista el mérito total que deseaba.

Junto a todo ello, la nueva colección, como ya comentábamos, se originaba y ocurría —al menos por aquel entonces, en sus inicios— ajena al Universo Marvel, en una continuidad sin superhéroes que daba a Kirby una libertad absoluta como escritor. Así, el dibujante evitaba irrupciones editoriales de cualquier tipo, no teniendo que rendir cuentas con nadie a la hora de crear personajes y tramas, como tampoco debía estar pendiente de los grandes acontecimientos de las demás colecciones de la editorial que influían en el universo marvelita en su conjunto.

En su estructura argumental más básica, Los Eternos, como ya había ocurrido con los Nuevos Dioses, bebe directamente de la religión juedocristiana, presentándonos de una forma muy clara a los Eternos como los dioses (o como el bien) y a los Desviantes como los demonios (o como el mal). Para reforzar esta idea, Kirby ubica a los Eternos en las alturas celestiales, sobre la cima de Olympia, y a los Desviantes en las profundidades, en los restos subacuáticos de la antigua Lemuria.

La estética y las características de ambas especies también se relacionan con la cultura judeocristiana: los Eternos son bellos, poderosos e inmortales; son capaces de modificar las moléculas, tanto las propias como las del entorno, a su antojo, lo que les permite modificar la realidad (un poder que para los seres humanos, no siendo capaces de comprenderlo, será percibido como magia) y burlar a la muerte. Los Desviantes, en cambio, son horrendos, mortales y malvados, viviendo para la guerra.

Los seres humanos, qué duda cabe, somos nosotros. Aunque físicamente se asemeja a la raza de los Eternos, la humanidad es la que menos años vive de las tres especies y no cuenta con ningún poder. Eso explica que en el presente Eternos y Desviantes existan en el imaginario colectivo como mitos y leyendas, cuando no simples personajes de ficción, puesto que la humanidad jamás ha sido capaz de comprender a sus primos al quedar muy por debajo de ellos.

En cuanto a ese elemento ficticio y mitológico que la humanidad ha otorgado a Eternos y Desviantes, Kirby no sólo se centra en el elemento judeocristiano sino que juega con distintos panteones divinos de la Historia e incluso con obras literarias de grandes autores. Para Kirby, la diferencia entre los Nuevos Dioses y los Eternos y los Desviantes es que los primeros son, en realidad, alienígenas que viven en otros planetas a los que simplemente ha cargado con un simbolismo judeocristiano; en Los Eternos, por otra parte, dioses y demonios son habitantes de la Tierra, y habiendo mantenido contacto con la humanidad milenios atrás han dejado una presencia en los distintos textos religiosos, folklóricos y literarios a lo largo de los siglos: en el caso de los Desviantes, al ser mortales, tan sólo han quedado como los demonios infernales del cristianismo, no destacando ninguno de ellos en concreto; los Eternos, sin embargo, debido a su condición inmortal, sí son recordados vagamente, pese a que el inexorable paso del tiempo haya desdibujado la personalidad y los actos reales.

De esta manera, Ikaris representa (al menos en esta primera etapa de Jack Kirby) a Ícaro; Thena, a Atenea; Zuras, a Zeus; Makkari, a Mercurio; Ajak, al héroe griego Ájax; Sersi, a la bruja Circe, quien convirtió en cerdos a los compañeros de Odiseo; y Duende, el Eterno más joven y más travieso, fue quien sirvió de inspiración a un tal William Shakespeare para crear al Puck de Sueño de una noche de verano.

Por encima de todos ellos están los Celestiales, los seres más poderosos del universo, que simbolizan al Yahvé del Antiguo Testamento. Al comenzar la historia en el #1, los Celestiales han visitado la Tierra varias veces con el objetivo de poner a prueba a sus creaciones; habiendo quedado satisfechos, todas las veces han permitido que la existencia continuase como antes… excepto una vez: por culpa de los Desviantes, que se enfrentaron a los Celestiales, estos inundaron el planeta, sepultando con ello la ciudad de Lemuria bajo el mar, y obligando a la humanidad a salvarse mediante un arca de madera. Cómo pasó este acontecimiento a la historia para la humanidad es bastante evidente, con la salvedad de que, en lugar de encontrar Noé tierra firme gracias a una paloma blanca con una rama de olivo en el pico, lo hizo gracias a la ayuda de Ikaris.

Un gran concepto desdibujado

Con Los Eternos, por desgracia, nos encontramos ante una obra que promete mucho más de lo que finalmente ofrece. Si bien es cierto que Kirby no trabajó en ella durante demasiado tiempo (este volumen consiste de veinte números, del #1 al #19, más el primer anual), los primeros números de la colección dejan entrever un sinfín de posibilidades que podrían haber colocado a esta serie por encima incluso de su Cuarto Mundo. Por desgracia, el resultado final queda muy por debajo de lo que Kirby, en calidad de escritor, podría haber ofrecido.

Pero esto en lo referente al guion. Jack Kirby, antes que nada (y ahí radica su importancia en la industria del cómic americano), era dibujante. En Los Eternos, nos encontramos con un artista que ha superado hace tiempo su etapa de madurez, y que se halla, por consiguiente, en plenas facultades artísticas.

La grandeza de Kirby destaca especialmente por haber sido capaz de crear, innovar y mejorar un lenguaje narrativo en un medio que funciona contrarreloj. El cómic de superhéroes no está formado —salvado contadas excepciones— por obras de autor a la manera en que las entendemos en Europa, sino como una industria en la que los tiempos de entrega son la clave. En sus inicios, especialmente en las décadas de los 30 y de los 40, los dibujantes debían trabajar a destajo no solamente para realizar las entregas a tiempo, sino también, y más importante para ellos, porque cobraban por página entregada. En este sentido, Kirby fue doblemente genial, puesto que no sólo era capaz de dibujar un número de páginas diarias muy superior a la media, sino que también lo hacía con técnicas tan novedosas que acabaron constituyendo una narrativa visual única que influyó en las generaciones venideras.

El Capitán América vs. Batroc el Saltador: una genialidad de la narrativa visual

Esta narrativa se basaba en el dinamismo: donde otros dibujantes, fuese por las prisas, fuese por falta de talento o de destreza, mostraban seres de cartón piedra, Kirby era capaz de conducir la vista del lector de viñeta a viñeta gracias a las acciones de los personajes. El artista era capaz de captar el movimiento, la energía, la tensión y la acción incluso en personajes en reposo; donde otros dibujantes, previos o posteriores, obligan al lector a detener la mirada en cada viñeta para contemplar el dibujo, Kirby lo lleva de manera vertiginosa de panel a panel, apoyando con ello la narrativa argumental y creando escenas de acción como nunca se habían visto. Para él, las viñetas no servían únicamente para mostrar distintos momentos separados por elipsis, sino que la acción de un panel seguía una línea invisible (la del propio movimiento) que lo llevaba al siguiente panel de una manera orgánica. Adelantándose a su tiempo, Kirby estaba utilizando en el cómic técnicas propias de la animación (no es de extrañar que hubiese trabajado en el estudio Fleischer antes de dedicarse al cómic).

En Los Eternos, Kirby alcanza el nivel máximo de madurez al que llegó en su vida. Si bien es cierto que lega en esta obra algunas de sus mejores páginas (entre las que se encuentran las splash pages donde podemos comprobar la inmensidad de los Celestiales), también lo es el hecho de que nos topamos con un Kirby algo más comedido y contenido que el de finales de la década anterior, lo que posiblemente se deba a la personalidad más contemplativa y espiritual del autor en esta época. En cuanto a su estilo, también se ve algo afectado, quedando algunas figuras ligeramente toscas o mal acabadas, lo que podría deberse a las prisas por las entregas, a estar ocupándose de demasiados aspectos del cómic a la vez o a una cada vez mayor falta de interés. No obstante, seguimos estando ante un delirio gráfico repleto de genialidades página tras página.

Splash page doble

El guion, sin embargo, sí va desinflándose poco a poco. Hasta aproximadamente el décimo número de la serie, Kirby va conjugando sin prisas el universo en el que se desarrolla toda la trama, tejiendo los distintos elementos, cósmicos y terrenales, que conforman el contexto en el que ocurre la acción. Especialmente en todo lo relevante a la llegada de los Celestiales, y el juicio de cincuenta años tras el que deliberarán y decidirán si la vida en la Tierra puede continuar o merece ser extinguida, todas aquellas preocupaciones religioso-metafísicas del autor se transmutan en argumentos tebeísticos, rayanos con la ciencia ficción que tan bien conocía, de gran interés para cualquier lector del género superheroico.

Por desgracia, todo este gran planteamiento acaba quedando en nada, y no será hasta años después, ya con otros autores, cuando la creación de Kirby tenga una continuidad y acabe siendo uno de los pilares más importantes del Universo Marvel. Y es que el autor, más o menos después del #10, y especialmente a partir del anual, da un giro en el enfoque con el que venía contando la historia desde el primer número, escribiendo, ya hasta el final de la colección, historias autoconclusivas o de pocos números que eran más normales en los cómics de superhéroes de los años 60.

El motivo, al menos para nosotros, es desconocido. Lo más probable es que Marvel no cumpliese sus promesas e hiciese presión al autor para incluir la obra en el mismo universo que el resto de cómics de la editorial, o que otros autores de la compañía, viendo el potencial de la serie, demandasen poder incomporarla a sus propios cómics (como acabó ocurriendo). El motivo, en definitiva, es lo de menos: la desgracia para nosotros es que la trama de los Celestiales y cómo su presencia afecta a Eternos, Desviantes y humanos queda relegada a un más que discreto segundo plano, dedicándose Kirby a mostrarnos las hazañas banales de personajes a los que ni siquiera llega a desarrollar del todo, quedando sus personalidades desdibujadas y sus orígenes no narrados.

Portada reclamo

La guinda final a la cuesta abajo de la serie llega en los números en los que Ikaris, Makkari y Sersi se enfrentan a Hulk… más o menos. Aunque la presencia del Goliat Esmeralda parece venir de altas instancias en Marvel, lo que sí es evidente es que Kirby lo incluyó en varios números de la colección, ya cerca del final, pero salvó su independencia al explicar que no era el Hulk real sino una réplica robótica que unos estudiantes universitarios habían creado basándose en el personaje de Marvel (y lo que nos gusta la metaficción, ¿verdad?). Con ello, Kirby cumplía con la editorial (que conseguía una portada reclamo perfecta) y no se traicionaba a sí mismo.

Y entonces, llegado el #19, la serie acaba. Todas las tramas que se habían abierto en el inicio de la serie quedan sin cerrar, y lo último que vemos es a uno de los Celestiales caminando, alejándose del lector, con un rótulo que reza «The End?». Hoy sabemos que sólo fue el final parcialmente, puesto que Kirby no continuó la serie y, para mayor inri, abandonó de nuevo la editorial poco después. Sí que la continuaron otros autores en distintas colecciones o nuevas etapas de la misma colección (destacamos la de Mark Millar y John Romita Jr.); el panteón de Eternos de Kirby se aumentará y algunos acabarán teniendo bastante importancia (Sersi, por ejemplo, se unió brevemente a los Vengadores a petición del propio Capitán América). Incluso personajes creados anteriormente pasarán a formar parte de las filas de los Eternos, como ocurrió con los habitantes de Titán creados años atrás por Jim Starlin: Mentor y sus dos hijos, Eros y Thanos, serán de repente Eternos… con la salvedad de que Thanos es un Eterno con un gen desviante, lo que explica su apariencia.

Sea como fuere, nos encontramos con una de las últimas grandes obras del que fue merecidamente bautizado «El Rey de los Cómics». No es su mejor obra, qué duda cabe, y no podemos evitar pensar qué habría pasado si Kirby hubiese sujetado las riendas de la serie con algo más de fuerza, durante algo más de tiempo, pero sí tenemos en las manos un tebeo interesante con un dibujo maduro, espectacular, mucho más lento y estático que en épocas anteriores, pero más serio, adulto y solemne que nunca. Un Kirby, en definitiva, que, por una vez, nos hizo detener la mirada.

Ficha técnica

  • Título: The Eternals by Jack Kirby: The Complete Collection
  • Guion: Jack Kirby
  • Lápices: Jack Kirby
  • Tinta: John Verpoorten y Mike Royer
  • Editorial: Marvel Comics
  • Año de publicación: 2020
  • Número de páginas: 384
  • Números recopilados: The Eternals (1976) #1-19 & Annual #1
  • Enlace de compra: The Book Depository
  • Nota: 3 out of 5 stars (3 / 5)

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